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“Todas las aventuras en un nuevo territorio, dan miedo.”

  • rutasmochileras22
  • 9 mar 2022
  • 4 Min. de lectura

No soy una persona a la que le guste festejar su cumpleaños, pero vivir una aventura extrema para hacerlo, era lo que tenía en mente. Encontré un lugar realmente mágico para cumplir mi propósito y lo hice acompañada de una de mis personas favoritas en la vida (aprovechamos para festejar los dos cumpleaños). Un viaje que nos haría vivir aventuras de todo tipo.

Salimos de casa a las 2:00 a.m., pues eran alrededor de 5 horas de camino. No suelo dormir durante los viajes, pero tenía que hacerlo para tener energía durante todo el día. Cuetzalan Pueblo Mágico – ubicado entre valles fértiles y selvas de helechos gigantes en la Sierra Norte de Puebla – nos recibía de la mejor manera, con niebla y una ligera llovizna que le daba un toque aún más mágico a sus de por sí, ya asombrosas calles.


Comenzamos nuestro recorrido subiendo en una camioneta que nos llevó hasta una de las cocinas comunitarias: “Tikontenteno tij sepan tamasehutij” (Comiendo juntos en la cocina) se leía a la entrada, ahí desayunamos y guardamos nuestras pertenencias, pues al ser un viaje de aventura extrema, la recomendación era llevar un cambio de ropa.


Es importante resaltar que para llegar a los lugares se requiere equipo especializado y guías, quienes tienen conocimiento de los caminos, grutas y cascadas. Ahí mismo nos dieron nuestro equipo de protección que consistía en un casco, chaleco salvavidas con la leyenda Cuetzalan aventura extrema y, si lo deseabas, unos bastones para poder apoyarte en las bajadas o subidas.


Nos preparamos usando calzado y ropa cómoda que nos permitirían desplazarnos con facilidad a través de las piedras, lodo y agua. – ¡Estamos listos para comenzar la aventura! –. Emprendimos la caminata por un sendero largo con superficie pedregosa, los caminos nos hacían admirar los ríos caudalosos, cascadas sublimes y a visitar cavernas que nos harían sumergirnos en un maravilloso mundo subterráneo, digno de conocerse.


Un lugar rodeado por mucha vegetación, como oyameles, pinos, cedros y encinos. Piedras enormes formadas por el cauce del agua que corre desde la profundidad de las cavernas hasta desembocar en un magnífico río.


Caminando por las laderas de la montaña y atravesando helechos gigantes llegamos hasta el primer atractivo natural, la famosa “Poza pata de perro”, la cual está formada por pequeñas albercas de poca profundidad y al estar comunicadas entre ellas puedes nadar de una a otra.


Al ser la primera, tendría más tiempo para admirar el siguiente paisaje, entonces, después de admirar un poco la poza, me deslice por la “resbaladilla” formada por las piedras para llegar a la siguiente poza y tomar un ligero chapuzón. La rapidez con la que bajé hizo que me sumergiera a más de medio metro, ¿alguna vez les ha dado un calambre en el agua?, -pues en ese momento me dio uno y se siente horrible–. En este punto uno de los guías me ayudó a salir para incorporarme al camino y contemplar el increíble paisaje y cascadas que ahí se encontraban.


El agua pura y cristalina de estas “albercas naturales” provenía de unas grutas subterráneas, alimentada por el río “La Garganta del Diablo” que también corre por el Cañón Sagrado.


Nadando ahí y, aunque estaba rodeada de muchas personas, sentí un poco de miedo, trataba de ver más allá de mis pies debajo del agua y no se veía nada; a pesar de las grandes paredes de piedra que rodeaban, en un momento trate de recargarme en ellas para acomodar uno de mis tenis y no encontraba donde apoyarme. Es increíble lo que la naturaleza puede brindarte, desde tranquilidad hasta una gran incertidumbre.

En seguida nos dirigimos al río subterráneo la “Garganta del Diablo”, que se encuentra entre paredes cavernosas, con una entrada pequeña, pero que parecía que nos llevaría a lo más profundo de la tierra, casi casi íbamos escalando entre las rocas, abriendo paso a las personas que salían de ahí.


El acceso era resbaladizo. Mientras avanzábamos la luz del sol comenzaba a desaparecer, mis ojos trataban de habituarse a la oscuridad, mientras mis manos se esforzaban por agarrar las paredes de piedra. La adrenalina comenzó a fluir a medida que avanzaba.

Tal vez había caminado unos 6 metros, cuando hubo una pequeña y rápida conversación entre el guía y yo:
Guía: Tienes que deslizarte y contener la respiración al pasar por debajo de esa piedra.
Yo: ¿Por qué tengo que contener la respiración? 
Guía: Porque tendrás que sumergirte en el agua para entrar.
Yo: - ¿Es muy pequeño y oscuro adentro?, ¿Hay un lugar donde pueda apoyar mis pies?
Guía: La única luz que hay es la de las lámparas, el camino es nadando y hay lugares donde tienes que arrastrarte para poder pasar.

¡Aborté la misión!, el miedo que sentí en ese momento me detuvo; no podía, no habíamos entrado por completo y sentía que ya no podía respirar, di la vuelta y salí por donde habíamos ingresado.


Por lo que me dijeron, por dentro cuelgan enormes estalactitas y en medio de la oscuridad confunden las estalagmitas con alguna persona.


En lo que ellos entraban, yo esperaba afuera. Tomé asiento sobre las raíces de un enorme árbol que se encontraba en una de las cuevas. Desde ahí disfruté de los aromas, el verde paisaje, el cantar de las aves y el fluir del agua en el río. La entrada era tan grande que podía ver las estalactitas, piedras enormes, pequeños árboles dentro y las personas que al salir se veían tan diminutas.


Fue una experiencia increíble y extrema, quedé sorprendida por la cantidad de vegetación que hay y que prácticamente hasta donde alcanzaba mi mirada todo era verde.


Disfruté estar ahí, admirando tanta belleza y escuchando sonidos que en la ciudad es muy difícil tenerlos. El sabor de pueblo mágico lo lleva desde la flor que va creciendo entre las rocas hasta su deliciosa comida. Sin dudarlo, volvería por más aventuras.

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